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Breve manual para ejecutar un regreso responsable a las aulas

Por Laura Noemí Herrera (@Lau_Herre_ra) y Marco Antonio Fernández (@marco_fdezm)

Si cerrar las escuelas y montar una estrategia de continuidad de aprendizajes a distancia implicó grandes desafíos, el retorno a los salones de clases se siente como una operación de una cima aún lejana. En el escenario de desembarco la pandemia aún está activa, sin una vacuna para tratarla y con condiciones de evolución impredecibles. Reabrir las escuelas demasiado pronto implicaría poner en riesgo la salud de los estudiantes, profesores y de la población en general. Mantenerlas cerradas demasiado tiempo, en contraparte, implica graves afectaciones, como pérdida de aprendizajes y de habilidades socioemocionales, deterioro de condiciones alimentarias, aumento del abandono escolar, pérdida de personal educativo y una profundización de la desigualdad de oportunidades educativas de los estudiantes.

Todo lo anterior tendría un impacto duro en el desarrollo de nuestra sociedad. La decisión, por tanto, no es menor. Debe tomarse con la mayor responsabilidad posible, acompañada de un asesoramiento de los especialistas en salud y con una coordinación mayúscula entre autoridades.

La ruta de los peligros

Han pasado cinco semanas desde la última vez en que los estudiantes pisaron sus aulas. De haberse cumplido los pronósticos del Gobierno Federal, el pasado 18 de mayo hubieran regresado a clases presenciales aproximadamente el 15% de los alumnos, y resto lo haría en la primera semana de junio. Sin embargo, después de que 13 estados declararan el cierre de sus ciclos escolares a distancia, el secretario de Educación anunció que las escuelas no abrirían hasta que fuera seguro, aunque no dio indicios de contemplar un cierre de ciclo escolar manteniendo medidas de distanciamiento social.  Al anuncio le siguió la decisión de, hasta ahora 22 gobernadores, de concluir los ciclos escolares en sus entidades a distancia, con la posibilidad de reanudar clases en agosto dependiendo de cómo evolucione la pandemia del Covid-19.

Vayamos más allá de las promesas y tiempos que anticipa la autoridad: ¿en verdad estamos cerca de contar con los elementos y condiciones para regresar de manera presencial a la escuela?

La verdad es que no. Si el escenario previsto por el secretario de Educación federal se hubiera efectuado, habríamos recuperado entre cuatro y seis semanas de clases presenciales —funcionales, sólo para calificar—, pero bajos condiciones sumamente riesgosas, que retratan las omisiones y mal uso de los presupuestos educativos que se han acumulado con el paso de sexenios, y que ponen en estado de fragilidad a los planteles mexicanos para reabrir y recibir a sus estudiantes. He aquí las razones:

1) La infraestructura de las escuelas no garantiza las medidas básicas de higiene y de sana distancia. Asegurar el lavado de manos es un reto para al menos 20% de los planteles de educación básica donde no hay acceso a agua potable. A eso hay que añadir el 32% de las escuelas, donde el acceso a este servicio sólo está disponible un par días a la semana, y 23%, donde sí tienen agua para el lavado de manos, pero se encuentra en tambos u otro tipo de contenedor, con los riesgos sanitarios que eso implica. A eso sumémosle la disponibilidad de jabón y gel antibacterial, y demás requerimientos sanitarios que suelen ser escasos en las aulas. Además, se requerirán materiales adicionales para desinfectar al inicio y de manera periódica los 265,277 planteles de todos los niveles educativos que constituyen el sistema educativo nacional.

Por otra parte, asegurar la distancia mínima de 1.6 metros entre alumnos implicaría activar clases con aulas sólo para 10 o 15 alumnos. Esto conllevaría: 1) disminuir contenidos de clases; 2) intercalar días de asistencia para3) flexibilizar horarios de entrada y de salida; 4) mantener estrategias a distancia, incluyendo estrategias para evitar la aglomeración de pasillos y patios escolares y 5) acondicionar espacios para retener a los alumnos que llegarán a presentar síntomas.

2) Considerando su edad, sexo y enfermedades crónicas (por ejemplo, diabetes), entre 20 o 30% de los docentes corren un alto riesgo de tener complicaciones en caso de enfermarse con Covid-19. Por ende, con el fin de preservar su salud estos docentes deben continuar con las medidas de reclusión establecidas por el Gobierno Federal, desarrollando contenidos educativos de manera virtual.  Es así que el sistema tendrá el reto de canalizar recursos suficientes para la contratación de docentes interinos que cubran a sus compañeros en riesgo.

3) Garantizar las condiciones de sanidad para el regreso a clases se encuentra sujeto a una severa restricción presupuestal. Va a costar mucho dinero acondicionar las escuelas para cumplir los protocolos de salud y atender las necesidades de personal docente, directivo y/o de salud, para el regreso a la escuela de los 36 millones de estudiantes. Programas como La Escuela es Nuestra apenas cubre el 13% de las escuelas de educación básica de todo el país, y los programas que podrían apoyar en este momento, como Escuelas de Tiempo Completo, Capacitación Docente, apoyo a aprendizajes y habilidades socioemocionales y otros tres programas para mantenimiento de infraestructura, han venido enfrentando en los últimos 2 años severos recortes y representan menos del 5% del presupuesto educativo.

A lo anterior sumemos la lamentable decisión del gobierno federal publicada como decreto en el Diario Oficial de la Federación hace 3 semanas, en el que instruye a las dependencias federales a implementar un recorte del 75% en las partidas de servicios generales y materiales y suministros. Ello implicará que instituciones como el Conalep o el Colegio de Bachilleres no cuenten con recursos suficientes para el mantenimiento de sus planteles y pueden llegar a tener dificultades del pago de servicios básicos como el agua y la luz.  ¿Cómo, bajo estas circunstancias se podrán tener los recursos necesarios para la sanitización de los planteles y los suministros de salud necesarios en los planteles para garantizar condiciones de mayor sanidad y seguridad para regresar a clases presenciales?

A esto hay que agregar cómo persiste el uso de presupuestos, hoy tan importantes, en programas poco enfocados a los más necesitados y que de no corregirse adecuadamente su funcionamiento, su objetivo de ayudar en la equidad de oportunidades educativas será poco alcanzable, como es el caso de las Becas Benito Juárez.

Si se tomara con seriedad la medida de reorientar recursos a programas no prioritarios en este momento —como los otorgados a educación física— se podrían aminorar los efectos negativos de la pandemia sobre la educación. De cualquier forma, necesitamos urgentemente más recursos, tanto de parte de la Federación como de los estados para enfrentar los retos educativos derivados del Covid-19. De no lograrse mayores presupuestos de emergencia ante esta situación, ¿quién cubrirá los servicios necesarios para la eventual reapertura de las escuelas públicas en el país? ¿Los papás?

¿Qué podemos aprender de otros países que ya regresaron a clases?

Más de 15 países en el mundo han iniciado el regreso a clases, después de transcurrir 90 días, en promedio, desde que registraron el primer caso de contagio por Covid-19. Aún no hay directrices contundentes para manejar el regreso a clases, pero de la experiencia de estos países podemos obtener estas cinco reglas:

  1. Debe existir una estrecha colaboración entre todos los actores del sistema educativo y de salud, para brindar confianza a las familias.
  2. Tenemos que asegurar primero que las tasas de transmisión de la enfermedad sean manejables.
  3. Salvaguardar la seguridad y salud de los estudiantes y de toda la población escolar es prioritario.
  4. La ‘Operación retorno’ tiene que realizarse de manera gradual, mientras se monitorea la epidemia de manera más cuidadosa.
  5. Se debe garantizar la continuidad de los aprendizajes y el cuidado y acompañamiento socioemocional de los estudiantes y docentes.
Lugares donde ya arrancó el regreso a las aulas
Dinamarca Francia Vietnam Islas Faroe
Noruega Nueva Zelanda Tonga Madagascar
Japón Corea del Sur Vanuatu Groenlandia
China Alemania Islas Marshall
Israel Corea del Norte Islas Cook

¿Quién va primero a las aulas?

Lo que genera mayor preocupación son las posibles afectaciones a la salud de los niños en caso de infectarse con el virus. Hasta ahora sabemos que los niños y jóvenes menores de 20 años, tienen muy poco riesgo de contagio y de desarrollar la enfermedad en condiciones de gravedad. Sin embargo, hay otro factor a tomar en cuenta: la alta capacidad de transmisión intergeneracional, pues existe evidencia que sugiere que los niños son transmisores asintomáticos[1]. Exponer a los niños sin las medidas adecuadas es también exponer a sus familias y a sus docentes, lo que a su vez multiplica los riesgos de contagio con quienes contacto los miembros de la comunidad escolar. Sin tener evidencia concluyente sobre los riesgos que implica abrir las escuelas, los países no hacen más que experimentar, tantear con prudencia la estrategia para reabrir los planteles escolares. Por ejemplo, se promueve el regreso escalonado a las escuelas, pero la prioridad que se otorga varía en cada uno de los países. Así, teniendo como condición el bajo nivel de contagio de una localidad en particular, se han establecido estas diferentes priorizaciones:

  1. Los estudiantes de los primeros niveles escolares (Francia y Dinamarca). Porque son los que tienen menos probabilidades de acceder a la oferta de educación a distancia y tienen poca movilidad de sus hogares a las escuelas. Riesgo: un menor control de las medidas de higiene.
  2. Los estudiantes de los niveles finales (China y Alemania). Porque con ellos se puede tener más control de las medidas de higiene.
  3. Prioridad del aprendizaje (China y Alemania). Aquéllos que están próximos a realizar exámenes para transitar a otro nivel educativo o para obtener certificaciones, tienen prioridad. Por ejemplo, aquellos que están por concluir sus estudios equivalentes a bachillerato.

En otros países las medidas de sanidad han sido diseñadas y aplicadas con varias semanas de anticipación, incluyendo el diseño de protocolos de cada escuela para obtener el permiso de abrir sus instalaciones, simulacros con docentes y personal escolar para identificar áreas de oportunidad en el funcionamiento de sus protocolos, como aglomeraciones en espacios comunes, tipo bebederos, baños, pasillos o comedores. Al entrar al plantel se incluyen medidas de control de temperatura, se pide el uso de cubrebocas obligatorio, distribución de gel antibacterial y lavado de manos al menos cada hora. Asimismo, se ha dispuesto de espacios de aislamiento designados en cada plantel en caso de detectar un caso sospechoso de Covid-19. Asimismo, se han afinado las comunicaciones entre las escuelas y los centros de salud a los que deben contactar en caso de una situación de sospechoso o enfermo confirmado en la comunidad educativa.

…Cuando eventualmente se reabran las aulas, éstas (deben ser) espacios donde las lecciones que se compartan con los estudiantes sirvan verdaderamente como palanca del desarrollo, motor para la movilidad social y permitan mejores condiciones para la sociedad mexicana.

También se observa una reducción a menos de la mitad los grupos con clases de máximo de 15 estudiantes. Se están flexibilizando los horarios de clases, modificando los calendarios escolares, reduciendo los contenidos curriculares y se mantienen activas en varias localidades las estrategias en línea, para continuar clases con docentes vulnerables.

Para atender la emergencia con miras de largo alcance, diversos países están invirtiendo en el desarrollo y consolidación de estrategias de aprendizaje en línea (equipos, conexión por internet y televisión educativa, capacitación docente, etcétera). Varios retoman las advertencias de la Organización Mundial de la Salud y de sus autoridades de salud de que esta pandemia se desarrollará por olas y que, por tanto, en algún momento del otoño – invierno, es muy probable observar una segunda ola de contagios.  Por ende, los sistemas educativos en estos países planean para tener una posición mucho mejor consolidada para enfrentar los retos educativos.

Nuestra debilidad estructural

Lamentablemente, el contraste entre las condiciones estructurales del sistema educativo, los recortes presupuestales instruidos y los requerimientos para tener los mejores elementos posibles para un regreso a clases presenciales con mayor certidumbre y las máximas medidas de higiene posibles, sugieren aún un camino largo por recorrer en nuestro país. Los próximos meses son clave y la urgencia de acelerar esfuerzos es mayúscula.

La factura por la dilación de las acciones de la autoridad la están pagando esta generación de niños y jóvenes que tratan de dar cierta continuidad a la escuela desde sus casas.  A la crisis de salud y la crisis económica que está generando, ahora se suma una crisis educativa que estamos viendo desarrollarse frente a nosotros. Aprendizajes afectados, brechas de oportunidades educativas profundizándose entre unos cuantos que cuentan con la oportunidad de acceder a educación más efectiva a la distancia y un número importante que carece de esta alternativa. El abandono escolar comienza a aumentar entre quienes, frustrados por no encontrar sentido a su experiencia educativa en el encierro, o de aquellos empujados por la necesidad tratan de ayudar a sus familias para enfrentar los retos económicos que el Covid-19 trae consigo. Una multiplicación de las afectaciones socioemocionales que minan aún más la posibilidad de aprendizaje. Todo ello demanda liderazgos públicos y sociales para sortear esta tormenta educativa.

Las omisiones y el abuso presupuestal del pasado junto con las ocurrencias y el malgasto del presente están costando mucho en esta crisis. Ante ello la indolencia y la impasibilidad son inaceptables, pues son la ruta a un deterioro educativo mayor. Exigir a nuestras autoridades acciones bien encaminadas a partir de la evidencia —y que sirvan para comunicar con la verdad sobre el tamaño del reto que tenemos enfrente, lo que permitiría desarrollar una empatía común para entender estos desafíos y enfrentarlos juntos— es esencial para delinear el camino a la reconstrucción del sistema educativo. De forma que, cuando eventualmente se reabran las aulas, éstas sean espacios donde las lecciones que se compartan con los estudiantes sirvan verdaderamente como palanca del desarrollo, motor para la movilidad social y permitan mejores condiciones para la sociedad mexicana.

Con información de México Evalúa

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