Libertad de expresión

Espacios violeta

Margarita Morales, una periodista en Valencia

Les llaman “Espacio de la Mujer” o “Casa Violeta”. Puede que en otros lugares del país tengan otro nombre. Lo cierto es que se llamen como se llamen son espacios sanadores.

Son sitios creados por Ayuntamientos como un signo de lucha por la igualdad de género, potenciando, a través de diversas actividades, el bienestar físico y emocional de la mujer en sus diferentes etapas.

Lo importante de estos sitios no es el nombre, sino lo que se genera en su interior: acciones que sanan el alma, reconfortan el corazón y que engrandecen el espíritu, pero sobre todo que acompañan a quienes se sienten solas en circunstancias adversas de la vida.

Me alegra ver que en España, a través de diversos espacios, campañas y programas, cada vez se hacen más esfuerzos por crear conciencia, sensibilidad y solidaridad en el tema de la igualdad y el feminismo, en contra de un machismo que, como en otros países, todavía prevalece.

Pertenezco a un país, México, en el que aún estamos pasos atrás en el tema de la igualdad por muchos motivos. Para mí, principalmente tres: que la misma sociedad se muestra renuente a reconocer abiertamente el lugar que la mujer se merece en cualquier ámbito o sector; que el machismo es un cáncer difícil de erradicar en una sociedad que lo ha fomentado y permitido durante siglos y, tercero, que en mi país hay marcadas diferencias sociales.

Y si a esto le agregamos el alto índice de feminicidios que hay, complicado es avanzar en el tema de igualdad. Pero también hay que reconocer que cada vez hay más iniciativas, proyectos e instituciones que están luchando cada día por hacer más conciencia en esto.

Lo cierto es que no todo se consigue de la noche a la mañana y tanto en España como en México se está trabajando por lograr esos cambios sociales que tanto necesitan nuestras sociedades, hoy en día.

Eso sí, el principio de un cambio social es lento, pero a partir de que se pone en marcha es difícil pararlo. Y eso es lo que están haciendo los “espacios morados”, avanzar cada vez más, trabajando con y por las mujeres, en aras de acompañarlas a través de charlas, cursos, talleres, meditaciones y otras actividades, para contribuir a su crecimiento personal y a su emponderamiento.

Tan solo con acciones como dar, recibir, comunicar, observar, expresar, hablar, desahogar, llorar, reír, evocar, brindar, decidir, apoyar, sugerir, aconsejar y hasta aplaudir, hay mujeres que se sienten acompañadas en su soledad, en sus problemas, en su pasado y en su presente.

Estos son “espacios sanadores”, tal y como lo expresó hace días una mujer en un taller de lectura. Y tiene razón, estos espacios brindan una sanación. Se han vuelto una esperanza, un estímulo y una necesidad para muchas mujeres que, con problemática diversa o no, han decidido anotarse en alguna actividad, para aprender y acompañarse.

Y entre las actividades a las que asisten han experimentado la terapia que brinda el desnudar su alma para sacar el daño que quizá vienen arrastrando desde su niñez, adolescencia y que sigue vigente en su vida actual.

Personalmente tengo el gusto de haber dado con el Espai de la Dona en donde vivo. Y digo “haber dado” porque por casualidad lo encontré hace varios meses.

Me anoté a un taller de Mindfulness, sin tener mucha idea de a dónde iba. Debo reconocer que luego de algunos meses de acudir cada semana a las sesiones, mi experiencia ha sido gratificante, sobre todo sanadora en algunos aspectos.

De un día para otro me vi “atrapada” en un grupo de mujeres que, bajo la guía de una facilitadora, empezaron a desencadenar historias duras de vida que muchas veces no sólo les arrancaban sus lágrimas, sino también las de quienes ahí las escuchábamos, historias que nos hacían ver que todas tenemos un trayecto de vida, con altas y con bajas, pero que somos capaces de seguir adelante.

Apoyadas en técnicas como la meditación, relajación y dinámicas en las que se trabajan emociones negativas que produce el no poder cambiar ciertas situaciones, mis compañeras y yo hemos hecho un interesante recorrido durante varios meses de sesiones en las que juntas nos hemos atrevido a hablar, llorar, reír y hasta a abrazarnos, dando pie a una amistad y un cariño especial que han surgido.

Es de admirarse el valor que cada vez tenemos las mujeres para ayudarnos a nosotras mismas y a otras, acudiendo a espacios como estos en que las actividades pueden ir desde un pequeño taller de bolillos, integrado por personas mayores que se acompañan de tarde en tarde, tejiendo bolillos, charlando, riendo, recordando sus años de juventud, hasta un taller de lectura que enseña a leer historias con una mirada de género.

Acudir a este tipo de espacios no es ir con la finalidad de que nos solucionen los problemas, sino de facilitar a las mujeres el camino para aprender a ayudarnos en nuestra vida; a saber que no estamos solas y que debemos valorarnos, querernos y solidarizarnos entre nosotros mismas, sobre todo con la mirada bien puesta en trabajar por una igualdad que se sustente en el respeto y el crecimiento entre todos los que componemos una sociedad.

Con información del Periódico de Aquí

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