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Crónica: Universidad y Mexicanidad o cómo salir ileso de un evento cultural

 

Armando Rivera

Rosita no es su nombre, pero para fines prácticos así la llamaremos. Es una de tantas estudiantes que, a las 18 horas, está en el auditorio de la Facultad de Contaduría y Administración (FCA) para ver la presentación de sus compañeros de alma mater en el programa cultural de Universidad y Mexicanidad, un esfuerzo que hace la Universidad Autónoma de Coahuila por demostrar que las expresiones artísticas nacionales siguen vigentes.

Ver es, simplemente, un decir. Rosita hace presencia. Por un compromiso, para que le tomaran asistencia, no se sabe. El caso es que está de cuerpo presente, sentada en su butaca, pero al mismo tiempo ausente.Ya después de que las autoridades dieran la bienvenida, aparece el grupo de solfeo de la institución. De la mano de la maestra Tatiana Marouchtchak, al piano, las voces de los hombres y mujeres que componen el conjunto provocan aplausos sinceros entre los asistentes.

Toca el turno a Xochiquetzalli, el grupo de danza folclórica de la institución. Hace su aparición con un nutrido grupo de bailarines, tanto mujeres como varones, para moverse al ritmo de las melodías provenientes del estado de Guanajuato.

Pero ni la poderosa voz de Brigitte Guzmán del Valle, al frente del grupo de solfeo, mientras interpreta “Chiapanecas”, ni los llamativos vestidos de Xochiquetzalli hacen mella en Rosita. Desde que tomó asiento, está mirando su celular, pasando por redes sociales, Facebook, Instagram, cualquier opción le es mejor que alzar la vista. Sus ojos están secuestrados por la pantalla; sus dedos muy ocupados escribiendo; sus oídos tapados y su concentración en otra parte. Parece que ni los aplausos que la rodean la invitan, ni por curiosidad, a mirar.

Rosita interrumpe sus asuntos y levanta la cara para ver al siguiente estudiante, un joven llamado Adrián Solís que, vestido de charro, canta “Mátalas”, con la engañosa letra que hizo famosa el dueto de Vicente Fernández y su hijo Alejandro.

Ahora Rosita sale de las redes sociales y se acomoda mejor. Pero no abandona su celular, sólo lo apunta hacia el escenario para sacarle una foto a Adrián. Después de hacerlo, vuelve a ensimismarse, para compartir su captura.

Luego llegan los más jóvenes. Un grupo de la Preparatoria Venustiano Carranza que, en aplausos, se llevarían la noche. Su elección de un tema popular de Christian Nodal, “Adiós, amor”, demuestra ser la adecuada: con una interpretación sentida y un acordeonista apasionado ganan una gran ovación y la posibilidad de extender su número, a petición del público. Más de 20 celulares se levantan para grabarlos.

La salida tan aplaudida de los pevecianos no amilana a Paola Villa a subir al escenario. “La llorona”, el tema que eligió para cantar, siempre es efectivo con el público, y en esta ocasión no es diferente. Villa, apellido de abolengo por esta región, es capaz de dominar el escenario. Le habla al público sin miedo y le responden con entusiasmo.

Pero volvamos un poco con Rosita. Se ha levantado de su lugar. Ha rodeado todas las filas para llegar a la primera. Se ha puesto a hablar con otra persona. Le entrega una carpeta y luego se va.

Rosita ya no verá a su compañera Paola Villa cantar “Si nos dejan” al lado de Adrián Solís, quien al parecer tanto le gustó…

Tampoco verá los zapateados de las estudiantes de la Escuela de Licenciatura en Enfermería, que conforman el grupo Cuetlachtli y que aportaron un sabor distinto a las presentaciones…

Se perderá la presentación de la Universidad MEZE, institución invitada que llevó a los integrantes del taller de danza folclórica, y que muestran una intención de apertura de la UAdeC…

Ni podrá atestiguar el cierre del evento, a cargo de una segunda vuelta, ahora con un bailable de Jalisco, de Xochiquetzalli, que en un principio lanzó solamente a una pareja y en las demás piezas se sumó el resto del grupo, con pasos, si cabe, más gráciles, con faldones más hipnóticos…

No. Rosita no verá nada de eso. Por su celular, no se dará la oportunidad de disfrutar o aburrirse, de conocer, por lo menos, si alguna de las expresiones populares es de su agrado (o no), de enternecerse por las letras de las canciones, de que alguna melodía mexicana le resultara familiar, de que la piel se le pusiera “de gallina” al escuchar las voces, de maravillarse por con los atavíos mexicanos. Gracias a su celular, Rosita sale ilesa esa tarde.

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